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sábado, 8 de septiembre de 2007





Agosto 25 de 2007


Arepas de una colombiana son una de las mejores comidas callejeras de Nueva York


Viernes y sábado en la noche los comensales viajan varios kilómetros a Jackson Heights, en Queens, para probar las delicias de las que empiezan a hablar los medios estadounidenses
La textura es perfecta, ni muy suave, ni muy dura. El dulce está en su punto, sin ser hostigante. Y el queso derretido ligeramente salado es el contraste perfecto para la mezcla de maíz tierno.
Son las arepas de choclo de María Piedad Cano, conocida como la 'Arepa Lady'.
Y es que es efectivamente toda una dama al comando de la plancha en la que asa las delicias colombianas, que incluyen también arepas blancas de queso, la típicas antioqueñas y pinchos.


Elogios en la prensa


Su fama recibió un impulso considerable el pasado 25 de junio, cuando la revista 'New York' la clasificó en el primer lugar entre miles de carritos callejeros de comida de la ciudad.
La atención de los medios se ha reflejado en una mayor clientela, dice Cano, quien solo trabaja viernes y sábados en la noche, para eludir a la policía. Su carrito aún no tiene licencia porque la ciudad tiene congelada la emisión de éstas.


Un viernes reciente, unas 10 personas esperaban ansiosas en fila a que esta paisa de 63 años, menuda y de ademanes delicados, terminara de asar con toda la paciencia del mundo las arepas. Nadie la presionaba o le reclamaba la demora en su pedido. Después de todo, estaban frente a una celebridad dentro de los vendedores ambulantes.


Una abogada en la Gran Manzana


Aunque, hace 23 años, su situación no era tan admirable. Cano, original de La Estrella, Antoquia, llegó a la capital del mundo en 1984 con su segundo esposo y cuatro hijos varones.
En Colombia, había terminado derecho en la Universidad Autónoma de Medellín, y había ocupado varios cargos públicos, como jueza, inspectora municipal y alcaldesa.
"Fui la primera alcalde de Hispania, pero me fue muy mal. Me declararon insubsistente por presiones políticas y me quedé sin trabajo". Fue entonces cuando se le presentó a su marido la oportunidad de venir a Nueva York. "Decidí probar suerte", dice. Los estrados judiciales ya no eran una opción en la Gran Manzana, así que Cano empezó haciendo rifas y limpiando casas.
"Uno se siente muy mal, pero se le presenta la disyuntiva: o me quedo acá o me regreso para Colombia... Si me voy, llego sin empleo, con 4 hijos y sin un peso... Acá al menos veía más oportunidades para que los muchachos estudiaran".


Pinchos y chorizos, las primeras ventas


Luego de separarse de su esposo y con la ayuda de un amigo, empezó a vender pinchos y chorizos en un carrito sobre la Avenida Roosevelt, en el corazón de Jackson Heights, un barrio con mucha presencia de colombianos e hispanos.
Al verse sola y con cuatro hijos, Cano tenía que trabajar día y noche. "Fue una época muy dura. Yo creía que me iba a morir del cansancio. Pero el trabajo me daba para el arriendo y mantener a los muchachos. La comida siempre es rentable".


Fue solo después de conseguir una plancha, que la colombiana pensó en la arepas. "Nunca había hecho arepas en mi vida, porque en Colombia siempre había tenido empleada". Así que tras varios intentos fallidos, dio con la fórmula de las de queso. Las de choclo le tomaron más tiempo, porque el maíz estadounidense es de una textura diferente. La clave, dice, fue tratar de hacerlas más al estilo de las cachapas venezolanas.


Sus hijos crecieron, al igual que su reputación, especialmente entre medios no hispanos, para los que los "panqueques de harina de maíz" eran todo un descubrimiento. "Me han entrevistado de diarios chinos y hasta la televisión japonesa vino a grabarme", dice.
El secreto del sabor


Cano usa harina de maíz canadiense y maíz congelado, pero no le pregunte por más detalles de la fórmula, porque eso ya hace parte de la reserva del sumario.
"Yo creo que el secreto es la constancia y mantener la calidad. El tener amor por lo que uno hace influye en el resultado", agrega.


El proceso de las arepas empieza desde el lunes. "Primero hago las de queso y las congelo. Luego hago la mezcla de las de choclo, seguida de las arepas pequeñas de los pinchos y la típica paisa delgada".
Para cuando instala su carrito en una calle más bien calmada, comparada con otras aledañas (ni siquiera está al lado de una estación del metro), la mitad del trabajo ya está hecho.
"Después de tantos años ya tengo mi clientela. Ellos me buscan", afirma. Cada arepa vale US$3 y Cano se rehúsa a decir cuántas vende en la noche. "Eso depende, no es muy consistente, a veces se vende 100 a veces mucho menos".


En busca de la legalidad


Hace tres años logró legalizar su situación migratoria, gracias que un uno de sus hijos se casó con una estadounidense y la patrocinó para la residencia. Esto le ha permitido regresar a Colombia, a donde viaja en invierno. La posibilidad de volver definitivamente al país es algo que siempre está presente, pero por ahora, está concentrada en conseguir la licencia para su carrito.
Sus hijos ya están hechos y derechos. El mayor es chef de un restaurante vegetariano en Manhattan y el menor es quien mantiene la página de MySpace.com en la que anuncia si va a salir o no. El pronóstico para este fin de semana: "La arepalady esta con su negocio como es usual, así que vengan el viernes y el sábado".

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